100 días

Hoy mi bebé cumple 100 días de haberse ido al cielo (como dice su papá). Yo soy más cruda y realista quizás, y digo que son 100 días desde que murió.

Hace días tenía pensado que hoy escribiría de otra cosa, otro tema. Contaría su historia entera y el cuento de como armamos su cuarto. Pero la verdad hoy no me siento así, no estoy con ánimos de contar toda su historia. Hoy no estoy bien, y está bien no estar bien.

Este lunes empecé a trabajar después de estar 3 meses de licencia de maternidad, porque cuando Aura nació, ya yo había salido de licencia. Regresé a mi oficina y, a pesar de que todo el mundo ha sido sumamente cariñoso y comprensivo, para mí ha sido como un golpe en el estómago, de esos que te sacan el aire.

Para empezar, desde que empecé a trabajar aquí, ya estaba encinta. La mayor parte de mi embarazo fue en este edificio. Casi todas las personas que conozco aquí, me conocieron encinta. Los días antes a comenzar no pensé mucho en el tema ni le metí mucha cabeza. No sé si para no estresarme o si fue porque, sin darme cuenta, he aprendido a vivir más el ahora y no preocuparme por el mañana que ni siquiera sé si llegará. El tema es que no me estresé, llegué aquí el lunes tranquila y me reuní con mi jefe, que gracias a Dios, ha sido súper comprensivo conmigo.

El día transcurrió normal, tranquilo. Hablé de mi bebé, a quienes me dieron la oportunidad de hacerlo, y al ir manejando para mi casa al final del día, hasta me asombré de lo normal y tranquilo que había transcurrido mi primer día de vuelta en la oficina. Fuimos a cenar con mi papá y mi familia como todos los lunes y el día seguía transcurriendo sin novedades. Pero bastó llegar a mi casa y conectarme un poco con la realidad para que el dolor me llegara sin avisar, como un gran tsunami y me ahogara. Cómo lloré esa noche! Lloré ese llanto que te duele físicamente. No sé si a alguien más le pasará así, pero desde que Aura murió, cuando lloro fuerte, se me erizan los pelitos y me dan escalofríos. Bueno, así lloré esa noche. Duro, en alto, con ganas! Realicé todo lo que sucedió en el día y entendí que el mundo sigue, normal y como si nada, y yo estoy como en una realidad paralela donde no entiendo como la vida sigue, cuando yo estoy vacía y extrañando a mi hija con todo mi ser. Esa noche, me dormí llorando.

El martes ya no transcurrió tan sutilmente. Desde que llegué estuve con el llanto atrapado en la garganta, pero aguantándome. Ese día me tocó una reunión con varios compañeros de otras áreas, entre los cuales estaba uno que su esposa estaba encinta casi del mismo tiempo que yo. El me agarró la mano y me preguntó cómo estaba. Tuve que hacer el esfuerzo más grande del mundo para no soltar el llanto ahí en ese momento. Sin embargo, el día transcurrió y yo sobreviví sin soltar una lágrima y en pie.

El miércoles llegó y ya mis fuerzas se estaban agotando. Al mediodía no aguanté más y le pedí a mi esposo, que trabaja a 2 cuadras de aquí, que por favor me viniera a recoger. En el ascensor me encontré con una chica con la que me reuní solo una vez antes de salir de licencia y ella me pregunta con una sonrisa: “como está ud, como está la bebé?” Era la primera persona que me encontraba que no sabía lo que había pasado. Obviamente sabía que esto iba a suceder, esta empresa tiene 900 colaboradores, pero justamente me preguntaba en ese momento en el que yo estaba descompuesta y usando hasta mis últimas fuerzas para mantenerme ecuánime. Le contesté con la mejor voz que pude, que ella estaba en el cielo. Cuando uno contesta esto, para la persona que hizo la pregunta, es difícil de procesar y uno se los nota en la cara. Su expresión fue de confusión y luego de entendimiento. Me pidió disculpas, a lo que le contesté que no se preocupara. Y aguanté. Al entrar al carro de mi esposo que me esperaba abajo, me solté en llanto y lloré…. Lloré y lloré…

Qué difícil ver como la vida sigue y el mundo no se para a llorar conmigo. Estoy consciente de que es así y así debe ser, pero eso no quita que me cause dolor y hasta confusión.

Encima en mis oficinas nuevas, nos mudamos de piso mientras yo estuve fuera, son totalmente de vidrio, o sea, como una pecera. Así como yo puedo ver para afuera todo lo que pasa, así mismo ellos me pueden ver todo el tiempo y se me complica todavía más caer ante mis sentimientos repentinos de dolor porque tengo espectadores en todo momento.

Pero bueno it is what it is. Como me dice Jose, estoy pasando por una etapa que tengo que pasar sí o sí, sea ahora o en una semana o en un mes, tengo que pasar por esto y ni modo, hay que hacerle frente y atravesarlo. La única manera de llegar al otro lado, es atravesando por esto.

En estos 100 días he aprendido y crecido muchísimo. He aprendido a poner límites, tanto a mi misma y mis pensamientos negativos invasivos, como a los demás. He aprendido a recibir de la gente sus comentarios y sus maneras de ver la vida, sin necesariamente tomarlos como ciertos, reales o correctos y entender que sus intenciones son buenas, pero la ejecución de las mismas not so much y eso está OK. He aprendido a que hay gente que necesita que yo esté bien, solo porque para ellos es muy difícil lidiar con mi dolor y el de ellos propio y que no les tengo que hacer caso ni engancharme. Los que tienen un tema son ellos, no yo. Mi dolor no tiene fecha de expiración. Mi luto es mío y de más nadie y lo viviré como mejor me parezca. Que si me juzgan por la manera como estoy sufriendo mi pérdida, ese no es mi problema. Yo respiro, a pesar de que por dentro estoy muriendo. He envejecido siglos. Puedo sonreir a pesar de que mi corazón está llorando. Hablo, camino, manejo, trabajo, existo. Soy, pero a la vez, no soy. Esto no se pone más fácil, simplemente yo me he hecho más fuerte. He aprendido que tengo amigas maravillosas y gente que nos quiere muchísimo y que la solidaridad que hemos recibido ante nuestro dolor, sobre pasa cualquier cosa que jamás nos hubiéramos imaginado. Aprendí que existen ángeles en la tierra que están dispuestos a acompañarnos en persona y en oración, aún sin conocernos.

Mi vida es difícil, pero está llena de emociones. Unas lindas, otras muy dolorosas, pero es lo que hay y con lo que tengo que aprender a vivir. Mi hija Paz y mi esposo Jose son mi motor y los que me llenan de fuerzas para enfrentar un día más. Aura también me ayuda desde el cielo y, aunque a veces la siento lejana, sé que está aquí conmigo, con nosotros, completando nuestra familia y acompañándonos siempre.

100 días sin ti, 100 días extrañándote, pero 100 días más cerca de volvernos a encontrar.

Te amo mi chiquitita.  

 

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