Memorias

Hola mi chiquitita, escribo para contarte que el martes 22 de agosto, tu bisabuelo Rica se fue al cielo; aunque tú ya debes saber esto porque seguramente ya te encontraste con él.

Días antes de partir, se despidió de nosotros (sus hijos y nietos), y  nos dijo que estaba listo para irse a encontrar con Lala: tu bisabuela Aura y por quien te pusimos ese nombre; con su hijo Ramón ( a Rica y a Lala también se les murió un hijo); y también contigo: con Aura Lucía “de Dios”, te cambió el nombre en ese momento y te llamó “de Dios” en vez de María como en realidad es. Te volvió a bautizar, porque a partir de ese momento, repitió tu nombre un par de veces más y siempre fue de la misma manera: Aura Lucía “de Dios”.

Escucharlo decir estas palabras me llenó de tristeza, pero de alegría a la vez y me sentí profundamente amada por mi abuelo, que en sus últimos momentos, no solo pensaba en reencontrarse con el amor de su vida y su hijo, sino también con su biznieta, mi hija, tú. Yo siento que fue su gran amor por mí lo que lo hizo decir que se quería ir a estar contigo también. Su gran amor hacia mi, que me transmitió y demostró durante todos los días de su vida, de todas las maneras posibles.

Te quiero contar de ese señor maravilloso que ahora está contigo allá en el cielo. Ese señor que me ayudó a crear las mejores y más lindas memorias de toda mi vida. Rica, como le decíamos, se convirtió en mi abuelo a los 44 años de edad. Imagínate, él tenía 44 y Lala, mi abuela, tenía 42. Eran unos “pelaitos”, muy jóvenes para ser abuelos.

Ellos fueron parte integral de mi vida desde el día que nací. Mi mamá me llevaba diariamente a su casa cuando yo era bebé. Ahí aprendí a gatear, caminar, hablar, cantar, recitar, etcétera. Mi abuelo me grababa en una grabadora con cassette (estos artefactos ya no existen, pero era lo que había en ese tiempo y eran lo más!). Entonces el grababa mis primeras palabras, mis ocurrencias, y mis poesías. Hasta hace relativamente poco, todavía escuchábamos ese cassette con mi voz de bebé repitiendo todas las canciones, poemas y palabras que mi abuelo me había enseñado.

Gracias a Rica y a Lala pasé los mejores veranos y vacaciones de mi vida en su casa de El Valle. Ahí aprendí a montar caballo, escalar paredes de tierra, sembrar y cosechar sandía, zanahoria, tomate, lechuga; subir cerros, bañarme en represas y ríos helados, y mucho más. Aprendimos a divertirnos “en silencio” porque las siestas eran sagradas para Rica. Nos íbamos con mis abuelos casi todos los fines de semana del verano, y pasábamos con ellos momentos increíbles y maravillosos. Fue él quien me enseñó a nadar, me enseñó a montar moto y así mismo me regaló mi primera moto en el Valle, ya que este era el mejor y más “cool” método de transporte para las niñas en esa época.

En las mañanas nos despertábamos tempranito y él nos hacía sus famosos blueberry muffins antes de irse a jugar tenis hasta casi el mediodía, cuando regresaba, y entonces almorzábamos juntos y luego se iba a dormir su religiosa siesta. En las tardes, luego de despertarse, nos hacía algún plan o nos llevaba a algún lado a hacer alguna diligencia, y en las noches, nos llevaban con ellos a las cenas con sus amigos o nos permitían formar parte de las cenas que hacían en casa.

Toda mi vida está llena de memorias con mis abuelos. Me llevaron de viaje a varios destinos diferentes. Estos no fueron viajes familiares y con toda la banda, no, estos eran viajes de nosotros tres, donde compartíamos y convivíamos como si fuéramos padres e hija, pero con el amor especial y consentidor que solo los abuelos saben dar.

Recuerdo que durante la invasión de los Estados Unidos a Panamá, nosotros vivíamos cerquísima del aeropuerto local, donde el dictador Noriega tenía su avión privado, por lo que esa zona era considerada “peligrosa”. Rica, apenas pudo, agarró su carro y nos fue a buscar a mi mamá, mi hermano y a mí para que nos fuéramos a su casa donde estaríamos más seguros. Al final resultó ser que su casa estaba muy cerca de donde Noriega buscó asilo y se tornó una zona más peligrosa y acontecida que la nuestra, pero para él lo importante era que estábamos todos juntos y bajo su protección.

Cuando cumplí 17 años, en mi último año de escuela, me regalaron un carro!!! Un carro!! Recuerdo que era de las pocas de mis amigas que tenían carro propio. Mis abuelos me regalaron este carro!  Estábamos en el balcón de mi casa y Rica me llamó a decirme que me asomara y mirara hacía abajo que había algo allí que yo debía ver. Cuando me asomé y vi aquél carro con el lazo gigante en el techo, casi colapso. Qué nivel de consentimiento!

Mi abuelo SIEMPRE estuvo ahí para nosotros. Siempre! Durante toda mi etapa de universidad, él siempre estuvo pendiente de mí y de mis calificaciones. Para el la educación era lo más importante. En mi último año de universidad fue cuando su hijo (mi tío) de 36 años murió de un cáncer super agresivo en el cerebro. Recuerdo a mi abuelo sentado en una silla en el hospital después de que nos habían dado la noticia diciendo: “tú y tu hermano han pasado por tanto, no es justo que sigan sufriendo”. O sea, en ese momento donde EL había perdido a su hijo, a su bebé (porque era el menor), mi abuelo Rica se preocupaba por el dolor que pudiéramos sentir mi hermano y yo. Y es que siempre nos puso, tanto a nosotros como a sus hijos, por encima de todo. Pocos meses después presenté mi examen final para ya graduarme de abogada y el, junto con mi abuela y el resto de mi familia, me acompañaron a la Universidad a presentarlo y recibir la calificación final.

Después de eso, se sentaba por ratos conmigo a ver a qué universidades quería aplicar para mi maestría. Me preguntaba, me asesoraba y fue quien me impulsó a aplicar a UPenn. Yo jamás pensé que me fueran a aceptar ahí, pero por complacerlo apliqué. Regresando de un viaje de visitar universidades y con mi decisión ya tomada, en el aeropuerto me estaban esperando mi mamá y mi abuelo. En el carro, se voltea y me pasa un sobre grueso de esos que te mandan cuando te aceptan, y venía de UPenn. La cara de orgullo que tenía el no era normal, no le cabía en el pecho la emoción. Nunca dudó de mí y siempre supo que yo podía.

Creo que él era el más entusiasmado con mi futura maestría. De hecho cuando llegó el momento de partir, empacó sus maletas, las de mi abuela y mi mamá y se fueron los tres conmigo a dejarme instalada en la universidad. Llegamos allá y me compraron todo lo necesario para mi nueva vida sola; de hecho me compraron utensilios de cocina que jamás supe ni para qué servían. Me dejaron super acomodada e instalada. Sí, yo sé, soy una consentida!

Recuerdo que en ese momento la última y mejor manera de comunicarnos a través de internet era por el ICQ. Mi abuelo Rica nunca se dejó vencer por la tecnología, así que aprendió a usar ICQ y así nos comunicábamos. Un día empezó a caer la primera nevada mientras estaba “chateando” con él y me hizo contarle y describirle todo. Siempre estuvimos en contacto durante todo el tiempo que estuve fuera de Panamá.

Llegó el momento de mi graduación y volvió a empacar a todo el mundo para asistir al evento. Su orgullo por mis logros era más fuerte que él, estaba tan emocionado. Recuerdo que después de la graduación alquilamos un carro y nos fuimos manejando hasta Villanova, que queda afuerita de Philadelphia, y nos llevó hasta su dormitorio, donde había estado cuando estudió allí. Estaba tan feliz de poder compartir estas cosas con nosotros.

 Desde que tengo uso de razón, aparte de los fines de semana o vacaciones que pasábamos con ellos en El Valle, todos los domingos de Dios nos veíamos en casa de Rica y Lala. Las puertas se abrían desde las 6 p.m. y ahí íbamos llegando todos poco a poco a pasar el último día de la semana juntos. Los domingos no eran días horribles porque ya mañana venía el lunes, no, eran días de familia donde nos sentábamos todos a estar juntos y compartir entre nosotros y con ellos. Siempre con ellos. Eran el centro y la columna vertebral de todo.

Luego cuando nació Paz, su amor se multiplicó. Me acuerdo de que en las mañanas, caminaban desde su casa al parque que quedaba detrás de la mía, para ver a Paz y visitarla tempranito, a primera hora. El primer día que Paz comió sólidos, mi abuelo Rica estuvo ahí conmigo. Quiso a Paz como a mí, desde el día uno. Le dio y transmitió su amor y ternura siempre.

El día que fui a contarles a mis abuelos que me iba a divorciar del papá de Paz, estaba super nerviosa. Me daba tanta vergüenza fallarles de esa manera; sin embargo, ellos lo recibieron con una serenidad, una calma y tanta comprensión, que salí de ahí como flotando por las nubes porque jamás me hicieron sentir culpable, ni mal por nada.

Luego partió Lala. Se nos adelantó a todos de una manera muy súbita e inesperada. Fue horrible. Ver a mi abuelo sufrir tanto por el amor de su vida, fue realmente triste para nosotros. Desde ese momento mi mamá se convirtió en su bastón. Tratamos de estar y pasar más tiempo con él porque de verdad que perder a mi abuela le pegó muy duro. Luego cayó enfermo y le diagnosticaron una enfermedad degenerativa e incurable. Sin embargo, él no se dejaba vencer y se tomaba todas sus medicinas y se mantenía activo. Cualquier cosa menos rendirse. Actividad que había, actividad para la que se apuntaba.

Después viniste tú, la noticia de que estábamos embarazados de ti. El día de navidad hicimos una tarjeta especial para darle la noticia a Rica. El ya no veía muy bien, pero me senté a su lado y le leí el mensaje que decía que pronto llegarías mi princesa. Qué felicidad la de ese señor. Estaba extasiado de emoción. Unos meses más tarde le dijimos que habíamos decidido llamarte Aura, como mi abuela, el amor de su vida. Estaba tan contento y contando los minutos para tu llegada.

El día que naciste, recuerdo decirle a mi mamá: “llama a Rica, no vaya a ser que llegue y ya Aura haya nacido”… Ni Jose ni yo nos acordamos mucho de ese día, pero Jose recuerda haber salido a la sala de espera, después de que te fuiste, y ver a Rica solo en una silla. Triste y confundido. Le pegó tan fuerte tu muerte mi chiquita. Dice mi mamá que le decía, por qué no me morí yo? Me debí haber muerto yo y no Aura Lucía. Pero quien dice que en la vida uno escoge o elige como y cuando morirse? Su amor por mí era tan grande que él quería quitarme ese dolor de cualquier manera. Así era mi Riquita, preocupado por nosotros más que por el mismo. Un hombre bueno, íntegro, para quien la familia siempre fue lo más importante.

No quiero terminar de escribir sin contarte de la relación de tu papá y Rica. Apenas se conocieron, se hicieron íntimos. Rica lo recibió y acogió como un nieto más y quedaron teniendo una relación linda y cercana. Recuerdo que un día cualquiera, en la noche, sonaba el celular de Jose y era Rica para conversar cualquier tema que tuviera que ver con la tecnología o con cualquier fallo electrónico que alguno de sus aparatos estuviera confrontando. Jose y Rica se quisieron instantáneamente y esto a mí me trajo alegría y paz. Durante los últimos días de Rica, tu papito estuvo con él y no se le separó. Nos acompañó, ayudó y apoyó en todo durante esos días y se portó como un nieto más, tal cual si hubiera conocido a Rica toda su vida. Sé que Rica sintió el amor y cariño de Jose; sus cuidados y cariño para con él, y por esto le estaré eternamente agradecida.

Quienes me conocen bien saben lo importante que han sido mis abuelos en mi historia. Les debo tanto de lo que soy, tanto. Hace poco, después de que partiste al cielo mi chiquita, le comenté a tu papá que yo no entendía el amor de Dios. Eso de que Dios ama como un Padre y que nos quiere más que nada ni nadie en este mundo; y que dentro de mi cabeza eso era complicado de entender, y la única manera como le encontraba sentido a ese amor de Dios, era comparándolo al amor que Rica me demostró siempre. Así siento yo que era su amor por mí, como el de Dios. Porque siempre me hizo sentir amada, sin importar nada. Su amor fue sincero, tierno, incondicional, sin esperar nada a cambio y me lo dio en abundancia siempre.

Espero que estén juntos allá arriba tú, Rica y Lala. Diles que los amo y que GRACIAS! Y por favor también dale las gracias a Papa Dios por regalármelos  y permitirme crecer con ellos tan cerca y presentes en mi vida. Dale las gracias también porque me permitió decirle en vida a Rica, lo mucho que lo amo y lo importante que fue en nuestras vidas!

Mami

P.D. Por favor cuida especialmente desde el cielo a mi mamá (Abu) y a mi hermano Ricardo. Ellos, durante los cuatro años que estuvo Rica sin Lala aquí en la tierra, se dedicaron a cuidarlo, acompañarlo y darle amor, convirtiéndose en sus ángeles en la tierra.

 

 

 

8 comentarios sobre “Memorias

  1. que feliz se deben sentir esos abuelos que te ven desde arriba y saben que cumplieron su mision en esta vida tal como nuestro Señor hubiese querido, dando amor y alegrias a cada miembro de su familia. Un beso para ti.

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  2. Que lindo escrito! Para quienes hemos tenido abuelos jóvenes me sentí completamente identificada! Que bendición tener esos recuerdos hermosos y haya logrado ver crecer a Paz! Su extensión..ya debe estar con Aura Lucía y Lala! Todos viéndote y cuidandote! Siento que hasta Yo conocí a Rica a través de tus palabras!

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